Geometría de la pasión. Por qué Rosario Central no entra en ningún teorema
Yo no sé si los tipos que escribieron Geometría y Trigonometría
alguna vez pisaron el Gigante de Arroyito. Pero sospecho que no. Porque si lo
hubieran hecho, sabrían que la geometría se puede volver loca.
Dicen ellos que “el que domina las matemáticas domina el mundo”. Y puede ser,
sí. Pero en Rosario hay gente que no domina ni la SUBE, ni el tiempo, ni el
sueldo a fin de mes, y sin embargo domina la pasión más grande que existe.
Intentá ponerle escuadra y compás al corazón de un canalla. Te explota el
transportador.
El punto de partida
En geometría, el punto es lo que no tiene partes. Puro, perfecto,
indiscutible.
En Central, el punto es el origen: los obreros del ferrocarril, el silbato de
las siete, el tipo que llegaba con las manos negras de grasa y se limpiaba en
la remera antes de abrazar al pibe.
Ahí nació todo. No en un despacho, no en una fusión elegante. En la mugre y el
amor.
Y de ese punto salió el axioma: la lealtad no se discute. Si sos de
Central, sos. No hay demostración que valga.
Congruencia popular
Los matemáticos se llenan la boca hablando de triángulos congruentes:
mismas medidas, mismos ángulos, misma forma.
Bueno, la hinchada de Central es eso, pero en carne viva.
Un canalla en Arroyito y otro en Barcelona sienten igual, gritan igual, sufren
igual.
No importa la categoría, el horario ni el rival.
La pasión es la misma figura repetida en infinitas versiones.
Un fractal humano, si querés. Pero con piluso, bandera y garganta rota.
Los teoremas de barro
Los ídolos, esos sí que son teoremas demostrados.
Cada vez que un pibe como Di María se cuelga la azul y amarilla, hay una verdad
que se confirma: el axioma de la identidad.
El Procer, el Puma, Ruben, tantos otros… demostraron que la fidelidad también
se entrena.
Benjamín Franklin decía que invertir en conocimiento produce los mejores
intereses.
Nosotros invertimos en amor, y los intereses se pagan en abrazos, lágrimas y
anécdotas que duran generaciones.
Paralelas que se odian
El clásico rosarino es la única fórmula perfecta que la geometría no
puede resolver.
Dos líneas paralelas que viven en la misma ciudad, que comparten calles, bares,
vecinos y suegras, pero que jamás se tocan.
Cada tanto uno de los dos intenta acercarse, pero la naturaleza lo impide.
Son rectas condenadas a la distancia eterna.
Y mejor así. Si un día se cruzaran, habría un terremoto emocional del que no se
salva ni el Monumento a la Bandera.
Trigonometría con botines
La trigonometría mide ángulos y distancias.
En el fútbol eso se traduce en un pase entre líneas, un tiro al ángulo, una
cobertura al límite.
Los técnicos dibujan triángulos en los pizarrones creyendo que inventaron algo,
pero esos triángulos ya existían en los potreros de Refinería, cuando el
silbato del tren marcaba el final del picado y los pibes se iban con las
rodillas peladas y el corazón inflado de Central.
Ahí se aprendía de verdad qué es un ángulo: el del pibe que gambetea con hambre
y termina gritando el gol mirando al cielo, como si el Gigante estuviera
escuchando.
Porque el ángulo perfecto no se calcula; se siente, y huele a pasto húmedo,
grasa de riel y camiseta auriazul.
Epílogo: la fórmula imposible
Y así estamos.
Los tipos de Pearson escribieron su libro, llenaron páginas con fórmulas y
figuras.
Nosotros llenamos el Gigante con canciones, abrazos y lágrimas.
Ellos explican los ángulos. Nosotros los sentimos.
Y mientras sigan habiendo locos que viajen horas para ver un empate con lluvia,
la geometría seguirá intentando entender algo que no cabe en sus páginas:
la pasión canalla no se mide, se vive.
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