Los primitivos, Rosario Central y otras antropologías del desborde.

Documento del mes, mayo 2022: 'Los primitivos. Estudios de etnología  comparada', de Élise Reclus - Fundación Anselmo Lorenzo 

 

Hay libros que uno no lee: lo leen a uno. Como esos cajones de la cocina donde conviven un abrelatas herrumbroso, dos tornillos sueltos y una llave que jamás abre nada. Los primitivos, de Elías Reclús, entra en esa categoría. Tiene ese encanto de cosa encontrada, medio salvaje, medio sabia, que te observa desde el borde de la mesa como diciendo “sentate, pibe, que acá hay historias”.

Reclús se dedicaba a estudiar pueblos que otros trataban de “primitivos”. Él, más avivado, prefería escucharlos. Y uno, rosarino de alma, no tarda en advertir la coincidencia: varias de esas tribus podrían haber sido hinchas de Rosario Central sin modificar una sola costumbre. No por bravos, sino por intensos. Por esa capacidad ancestral de vivir todo al mango, como quien patea un penal definitivo en una canchita pelada al lado del río.

La tribu canalla es así: pura fibra sensible. No necesita justificarse. La pertenencia no se razona, se siente. Y cuando se siente, queda tatuada. Reclús, que era un estudioso de la cohesión social, estaría fascinado con ese fenómeno nuestro donde el sentimiento se hereda como un apellido. No hace falta ADN para saber que el corazón late auriazul.

El Gigante de Arroyito sería, en términos antropológicos, el territorio sagrado. Una especie de anfiteatro donde el pueblo conversa con sus dioses. Digo “conversa” por no decir “reclama a los gritos”, porque cada domingo se arma un simposio emocional que ni Sócrates se atrevería a coordinar. Y sin embargo, siempre pasa lo mismo: la gente entra con esperanza, sufre un rato, festeja cuando corresponde y se vuelve a su casa con el alma un poquito más marcada.

Reclús hablaba también del chamán, ese personaje que guía a la comunidad sin necesidad de grandes discursos.  ¿Hace falta que diga nombres? El Patón Bauza, por ejemplo, que con solo levantar una ceja ordenaba el clima emocional del planeta. Aldo Poy, que no es un deportista: es un petroglifo viviente. La palomita podría estar pintada en una cueva de la prehistoria y nadie dudaría de su autenticidad.  
Si no es mito fundacional, no sé qué es.

Y si vamos a ceremonias estrictamente rituales, llegamos al clásico rosarino. No existe antropólogo en la Tierra capaz de explicar esa guerra simbólica sin desbordar tinta. No son dos equipos: son dos cosmovisiones. Dos relatos eternos que se observan, se provocan y se desafían desde épocas inmemoriales. Si alguna vez Reclús quiso estudiar la intensidad, acá habría necesitado casco.

Los pueblos que él describía tenían una característica hermosa: sabían sobrevivir a todo. Lluvias, sequías, invasiones, olvidos.  
La canalla también. Entre descensos, ascensos, epopeyas y catástrofes inesperadas, el pueblo siguió firme, fiel como una promesa de barrio. Ese es el verdadero material de las civilizaciones duraderas: la memoria compartida, la épica que no se desarma, el rito que se repite porque ya es parte del alma.

Los primitivos recuerda que la cultura no depende de buenos modales ni de lo prolijo del peinado. Depende de la intensidad. De cuánto valoramos lo que somos. Y en eso, Rosario Central tiene siglos de ventaja. Es una cultura viva, desbordada, luminosa, imperfecta, y al mismo tiempo totalmente inolvidable.

Reclús buscaba pueblos auténticos.  
Si hubiera venido a Rosario, habría encontrado uno.  
Vestido de auriazul, con humor filoso, convicciones firmes y un corazón gigante que late sin pedir disculpas.

Porque no somos primitivos.  
Somos una civilización que se acuerda de quién es.

Y eso, querido lector, nos salva todos los días.

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