Pensamiento y lenguaje... y una birra tibia en la popular

Este libro, Pensamiento y lenguaje, no lo escribió un solo tipo encerrado en un escritorio. Fue un trabajo de varios cerebros soviéticos, dirigidos por D. P. Gorski, en la Academia de Ciencias de la URSS. Es decir, gente que discutía en serio, no en Twitter. Lo hicieron con una pasión científica que uno sólo ve cuando el equipo va perdiendo y todavía queda tiempo en el reloj.
El texto cruza filosofía, lingüística, psicología y hasta antropología, todo mezclado como una ensalada rusa de esas que te dejan pensando más de lo que comés. En resumen, se preguntan cómo mierda el pensamiento y el lenguaje se trenzaron tan fuerte que ya no se los puede separar ni con una patada de Kempes.
El libro sostiene una idea que, si la pensás un poco, te explota en la cabeza: no hay pensamiento sin lenguaje, ni lenguaje sin pensamiento. Uno es la sombra del otro, el eco del otro. Como Central y su hinchada: no pueden vivir separados, porque en esa separación se apaga la existencia misma.
Ser Canalla es un idioma
Los rusos decían que las ideas necesitan una forma material
para existir. Bueno, el pensamiento canalla la encontró: el lenguaje popular.
El “soy Canalla” no es un slogan. Es una confesión, una señal de tribu, un rezo
con olor a nafta de colectivo y camiseta transpirada.
Los cantos, las banderas, los apodos, los murales del barrio… no describen a
Central: son Central.
Cada palabra guarda un mito, un recuerdo, una derrota digerida y una victoria
que todavía se festeja.
Otros clubes compran ídolos; Central fabrica vocabulario. Y con eso le alcanza para ser inmortal.
El trabajo colectivo: la popular como fábrica del lenguaje
Los filósofos de Gorski decían que el lenguaje nació en el
trabajo compartido: la caza, la defensa, el esfuerzo común.
En el Gigante pasa lo mismo. El lenguaje de Central no salió de una agencia de
marketing, sino del pulmón colectivo de la popular.
Cantar es trabajar. Coordinás respiraciones, tiempos, gestos. Cien tipos
levantan una bandera y mil más se contagian.
La tribuna habla como una colmena, con una sola voz. Y si eso no es dialéctica
pura, que venga Lenin y lo explique.
De lo concreto a lo eterno: cómo un gol se vuelve religión
Los soviéticos hablaban de pasar de lo concreto a lo
abstracto. Acá lo entendemos fácil: la Palomita de Poy.
Un tipo que vuela y cabecea en el ‘71 se transforma en un símbolo sagrado. La
“Palomita” ya no es un gol: es una idea.
Es la eternidad metida en una pelota. El ejemplo perfecto de cómo el lenguaje
convierte un instante en una leyenda.
Ahí está la ciencia del pueblo: no hay teorema más claro que el de una hinchada
transformando un recuerdo en una fe.
El lenguaje como herencia: la memoria se canta
Los rusos decían que el lenguaje transmite la experiencia de una generación a otra. En Central, eso se llama herencia.
Un padre no le enseña al hijo la alineación del ‘71. Le enseña a cantar, a putear con elegancia, a llorar por un empate injusto.
El idioma canalla se hereda. Pasa de la radio a pilas del abuelo al auricular del nieto. Y mientras ese lenguaje siga vivo, Central no se muere nunca.
Epílogo con espuma tibia
El libro de Gorski pone la teoría. Central, la práctica.
El pensamiento sin lenguaje es silencio. El lenguaje sin pensamiento, ruido
vacío.
Pero el pensamiento canalla, cuando encuentra su palabra, retumba en el
Gigante de Arroyito y se vuelve inmortal.
Y uno imagina a Dostoyevski, con una birra tibia en la mano, gritando “¡En las malas mucho más!”, y entendiendo al fin que el lenguaje también se escribe con el cuerpo, con la garganta y con el corazón.
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