El Banquete de Arriba: Cómo la Filosofía Griega Explica la Pasión Inmortal de Rosario Central

Una tarde en el Gigante de Arroyito, el sol cae sobre las tribunas y el aire vibra con un sonido antiguo. No son solo canciones de la hinchada: es el eco de algo más profundo. Allí, entre el humo de los papelitos y la emoción que no se puede contener, parece tener lugar un banquete invisible. No uno de comida, sino de pasiones. Platón lo habría entendido.
En El Banquete, Diotima le enseña a Sócrates que el amor (Eros) no es un dios perfecto, sino un ser intermedio entre la riqueza y la pobreza, entre lo divino y lo humano. De Poros, el recurso, hereda la astucia y la abundancia; de Penia, la necesidad y el deseo. En ese punto intermedio vive el hincha de Rosario Central: rico en historia, pero siempre hambriento de victoria. En ese equilibrio entre lo que se tiene y lo que se anhela se construye la identidad Canalla.
El amor de Central no es complaciente. Es un amor que busca, que nunca se da por satisfecho, que encuentra en cada derrota una nueva forma de lealtad. Eros, decía Diotima, es filósofo porque desea la sabiduría sin poseerla. Así también el hincha, que no se contenta con ganar: necesita entender, sentir, reconstruir el porqué de su fe popular. Central no se sigue solo por costumbre, se sigue por sentido.
En ese mismo espíritu se juega cada clásico rosarino. El partido no es solo fútbol: es una ceremonia de inmortalidad. Platón afirmaba que el deseo de los mortales es dejar huella, engendrar en lo bello, perpetuar lo amado. Cada ídolo de Central (de Hayes a Di María) es una forma de esa procreación espiritual. Son hijos del amor por el club, criaturas inmortales nacidas de la pasión colectiva. En cada gesto, en cada grito de gol, se funda algo eterno: una memoria que no se borra, una belleza que trasciende el resultado.
El amor Canalla también asciende, como en la escalera que describe Diotima. Primero se ama la belleza de un cuerpo, el jugador que despierta devoción. Luego se aprende a amar a todos los cuerpos, el equipo entero. Más tarde, se ama el alma del club, su ética del trabajo, su espíritu obrero. Hasta llegar al último peldaño: la Belleza pura, esa esencia que no cambia aunque cambien los nombres y las épocas. Quien llega allí ya no necesita títulos para sentirse orgulloso: ha comprendido que Central no es un club, sino una manera de mirar el mundo.
Ser hincha de Rosario Central es participar de una filosofía viva. Es aprender que el amor verdadero no busca poseer, sino seguir deseando. Que la pobreza del resultado no borra la riqueza de la identidad. Que lo divino y lo humano pueden encontrarse en una tribuna. Eros, como el alma Canalla, no cesa de buscar la eternidad en el instante: un gol, un abrazo, una bandera al viento.
Porque en Arroyito, cada domingo, el Banquete vuelve a celebrarse. Y el amor, como la historia de Central, nunca termina de saciarse.
Comentarios
Publicar un comentario